HISTORIA DE VIDA
Trabajó 20 años como ladrillera y en 2017 abrió un merendero para los chicos del barrio
Rosalía Giménez fue distinguida por la Cámara de Diputados de Entre Ríos por su labor comunitaria al frente del comedor “La Esperanza”, el cual debió cerrar momentáneamente por cuestiones de salud, pero que ansía volver a retomar porque conoce la necesidad de primera mano. Además, durante dos décadas se dedicó junto a su esposo a producir y comercializar ladrillos.
¿Cómo se fabrican los ladrillos? Esa es una respuesta que Rosalía Giménez no podía contestar a principios de siglo, hasta que conoció a su marido.
“Hace 25 años que estoy con mi esposo y él siempre tuvo horno de ladrillos. Yo vivía en Buenos Aires y él fue a buscarme, nos vinimos con una mano adelante y otra atrás. Comencé ayudándolo y fui aprendiendo. Estuvimos casi 20 años haciendo ladrillos, aunque él muchos más, porque ya era su profesión”, relató en una entrevista exclusiva con AhoraElDía.
Rosalía se levantaba a las 4 de la madrugada para salir a trabajar, preparaba el mate y se subía a la camioneta, rumbo al lugar donde tenían el horno para hacer los ladrillos. Ella se encargaba de levantar el adobe y ayudar a cargarlos para su posterior comercialización.
“Llegamos a volver a las doce de la noche y hacíamos entre 4 mil o 5 mil ladrillos diarios. Pero no sólo era producirlos, sino también preparar el barro, la tierra con el aserrín, la pisada, la mojada, lleva mucho trabajo hacer eso”, advirtió y describió cuáles son los pasos que involucra la fabricación: “Primero se carga el horno, luego se prepara el pisadero con tierra aserrín y agua, se hace la pasta y después con un molde se va haciendo el adobe. Una vez que se saca todo el barro, que es un trabajo muy pesado, se corta el ladrillo, se lo humedece y se va secando. El proceso de secado lleva aproximadamente 15 días. En el verano tarda menos. Como paso final, se quema y ya está el ladrillo. Después viene la parte de la comercialización. Le vendíamos a corralones de la ciudad y otros clientes que teníamos”.
Rosalía recordó que su hija más chica, que casi siempre los acompañaba a trabajar, también quería ayudar: “Hasta el día de hoy lo nombra. Ella quería hacer todo junto con nosotros”.
Los ladrillos que elaboraban en familia no sólo sirvieron para hacer negocios, sino también su propio hogar: “Mi casa está hecha con los ladrillos de mi ladrillera, es una gran emoción, alegría y un logro muy importante para nosotros”, resaltó Giménez.
Tender la mano a los que más lo necesitan
Un 25 de mayo de 2017, Rosalía observaba a los chicos de su barrio jugar en la calle y se le ocurrió preguntarles si querían una taza de leche, a lo que los niños respondieron que sí.
“Esa primera vez eran 15 chicos, pero a los dos meses, ya eran 30.Entonces, fui a hablar con una asistente social del Centro de Salud San Francisco y le pregunté qué apoyo me podían dar si quería comenzar a hacer un merendero comedor. Ella me dijo que lo iba a evaluarlo, y finalmente pudimos hacerlo. Además, con ese puente tendido con el CAPS, logré que cada mamá llevara a sus hijos a vacunar. Yo soy muy familiera y ayudar me llena el alma”, manifestó sobre los inicios de “La Esperanza”.
Rosalía llegó a darle la copa de leche los sábados y domingos a aproximadamente 120 chicos. Muchas veces con productos que ella misma compraba. Luego, al merendero se le sumó la posibilidad de brindar dos almuerzos por semana los miércoles y sábados. Sin embargo, su sueño era que cada chico pueda comer en su casa con su familia.
“En la pandemia, cuando no se podían juntar las personas, pude hacerlo, les daba la comida en viandas para que llevarán a sus casas. Seguí ayudando porque sabía que esas personas lo necesitaban, más allá de que no era mucho lo que les podía dar. También tengo personas que consiguen trabajo y no necesitan más de mi ayuda. Eso es realmente lindo, saber que pueden llevar el plato de comida a su casa”, contó.
Los primeros años en que funcionaba el merendero, Rosalía alimentaba a los niños en la galería de su casa, pero luego a su esposo se le ocurrió que podían construir un salón en la parte de atrás para dar de comer con mayores comodidades. Para poder llevar la meta a cabo, durante la temporada de verano, la pareja alquilaba a los turistas parte de su terreno para que pudieran instalar sus carpas.
Gracias a la edificación, en el comedor también pudieron dar apoyo escolar y hasta cursos de bordado para las madres.
“Tuve una época muy buena en que tenía muchas donaciones, pero después se fue cortando. En enero comencé con la municipalidad pero no me alcanzaba lo que me daban para hacerle la comida a las familias, no daba con la tecla, empecé con 30 familias y cuando acordé eran 47, y lo que me traían no me alcanzaba. Después caí enferma, estuve internada y tuve que cerrar temporalmente el espacio. Me preguntan constantemente cuándo voy a volver a abrir el comedor, pero primero tengo que estar bien para poder ayudar a los demás”, sentenció la ladrillera.
De todas maneras, no ve la hora de poder reactivar el comedor, ya que es fundamental para su salud mental brindar ayuda a los demás, sobre todo a los más pequeños.
Una caricia al alma
Las personas que tienden una mano a los demás rara vez esperan algo a cambio, ese es el caso de Rosalía Giménez, quien fue distinguida por la Cámara de Diputados por sugerencia de la legisladora Julia Calleros.
“Sentí una emoción muy grande, fue una experiencia muy linda, no lo esperaba. Disfruté muchísimo del reconocimiento, llevé a mi hija y mi nieta, a quien nombré en el discurso que dí. También participó una compañera que siempre me está ayudando en el merendero. Me llegaron mensajes por todos lados, me dijeron todos palabras hermosas que me llenaron el alma”, declaró.
Rosalía proviene de una familia muy humilde con una vida muy sacrificada, es por eso que no le resulta indiferente las circunstancias que están atravesando los otros. En el barrio, señaló que hay necesidades de todo tipo, y que en varias ocasiones ha conseguido calzado y ropa para los chicos.
“Me gusta brindarle todo a los chicos, les hago una fiesta de Fin de Año, también para Navidad, para el Día del Niño, siempre cuando se acerca algún acontecimiento importante empiezo a hablar con uno y con otro, trato de no mezclar ninguna bandera política. Las puertas del merendero están abiertas para quien quiera ayudar”, manifestó.
Para ella todas las personas que se acercaban a pedir un plato de comida comenzaban a forman parte de su familia, de hecho, confesó que cocinar era el mayor gesto de amor que podía brindar a quien más necesitaba.
“Una vez estuve con las dos manos operadas, pero como podía cocinaba. Había unas chicas que venían a ayudarme, me picaban todo y yo cocinaba, la olla era mía. Hasta un día estuve con un problema en la pierna, y me sentaba en la punta de la mesa y les decía que tenían que hacer”, apuntó.
También confesó que hace unos días, una niña pequeña se acercó para preguntarle cuándo iba a hacer de comer, como no pudo darle una respuesta, se encerró en el baño de su casa a llorar. Admitió que es una persona sensible y que no le gusta estar atravesando una situación delicada de salud que le impide volver a abrir el merendero.
“Estoy muy ansiosa porque llegue el día en que el comedor vuelva a funcionar pero tengo que estar bien, mi salud en la actualidad es muy complicada y me cuesta sobrellevarla. Pero pienso que en cualquier momento me pondré en pie y empezaré de vuelta, lo único que pido es que si en algún momento hay alguien que puede ayudar, bienvenido sea, las puertas del merendero están abiertas. Si hoy alguien viene al merendero y me trae mercadería, así como estoy, digo que sí y cocino, me largo sóla”, finalizó.